Soy Carlos, tengo 32 años, y crecí detrás del mostrador del negocio familiar de mi papá, Don José.
Desde chico lo vi mover cajas, negociar con proveedores y buscar productos buenos sin pagar de más. Él siempre me decía:
"La marca no lo es todo, mijo. Lo importante es que el producto sea bueno y dure."
Hoy manejamos el negocio entre los dos. Mi papá atiende a los clientes de siempre, platica con ellos y se acuerda de todos. Yo me encargo de traer productos directo de fábrica, sin tantos intermediarios ni logos caros que suben el precio porque sí.
Nuestra idea es simple:
Vender calidad a precio justo.
Sabemos que una familia no puede gastar medio sueldo en una freidora, una chamarra, una aspiradora o cosas para la casa. Por eso buscamos productos buenos, útiles y accesibles, para que el dinero alcance un poco más.
Y si alguien tiene dudas, se lo explico de frente:
"Pruébelo, señora. Si no le sirve, me lo trae y lo revisamos sin problema."
Porque en un negocio familiar, la confianza vale más que cualquier garantía escrita.
Una tarde, mientras cerrábamos, mi papá me dijo:
"Empezamos vendiendo cosas sencillas, y ahora traes productos de todo tipo. Pero lo bueno es que nunca te subiste al tren de los precios inflados."
Yo me reí y le respondí:
"La chamba no es solo vender, papá. La chamba es ayudar a que la gente viva un poquito mejor sin endeudarse."
Nosotros no vendemos marcas caras.
Vendemos la posibilidad de que el dinero de las familias rinda más.